Quien vive con tipo 1 suele saber más de glucosa que la mayoría de las apps. Lo que falta no es información general: es tener en un sitio lo que comiste, lo que te pusiste y lo que pasó, para encontrar el patrón.
Cada alimento trae sus carbohidratos y su porción real, y los platillos que armes suman los de sus ingredientes. Si repites una comida, la guardas una vez y vuelve con sus números hechos.
Anota la glucosa, la insulina y la comida con la hora, y míralas juntas. Lo que cuesta ver en el cuaderno —que ciertas cenas terminan siempre igual— se ve cuando las tres cosas están en la misma pantalla.
Los gramos de carbohidrato no lo cuentan todo: el arroz cocido y enfriado sube menos que recién hecho, la avena instantánea sube más que la hojuela gruesa, y la batata horneada casi dobla el índice de la hervida. La app guarda la preparación, no solo el alimento.
Varios perfiles en una cuenta, cada teléfono eligiendo de quién quiere recibir los avisos. Un recordatorio de salud siempre dice de quién habla, porque una cuenta puede ser de toda la casa.